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El Síndrome del Impostor

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Hace poco más de un año que dejé la que fue mi agencia. En este año he hecho de director creatvo, de copy, de director de arte, de head hunter, de digital strategist, de diseñador de packaging, de diseñador web, de cocinero, de consultor estratégico, de branding y de naming, de director técnico, de analista y de muchas otras cosas que ahora mismo no recuerdo. Un montón de cosas que no sabía que podía hacer, otras que había olvidado que se me daban bien y algunas que ya no recordaba que me gustaran tanto. Sí, ha sido un año movido.

Los autónomos somos una raza aparte. Los que lleven suficiente tiempo, conocerán esa extraña sensación que se tiene cuando, aún estando hasta arriba de trabajo, te entra el canguelo por el “y luego qué”. No tener nada cerrado en perspectiva te genera stress por partida doble: por lo que tienes ahora y por lo que no tienes después. Somos así de imbéciles. Y esto lleva a cometer algunos errores tácticos a la hora de aceptar proyectos.

A finales de octubre del año pasado, cayó en mis manos un proyecto que, francamente, no tenía ni puñetera idea cómo afrontar. Cuando digo ni idea, es NI IDEA. Hasta ese momento, tal como os decía, había ido descubriendo nuevas habilidades y superpoderes (sí, para mi descifrar determinados entresijos de analítica de Social Media es un superpoder). Cuando algo se escapaba de lo que sabía en ese momento, ponía mi cara de tipo listo (o de aguantarme un pedo, según se mire) y decía “interesante… ¡me lo miraré!”. Y ese “me lo miraré” se convertía en una semana de agobios leyendo, preguntando, buscando y aprendiendo todo lo que fuera de ese tema para poder llegar a la siguiente reunión con los trastos salvados. En esa ocasión, fue distinto. Solté desde lo más profundo de mi ser: “no tengo ni puñetera idea”.

Se rieron. Pero reír de bien. No importó. “Queremos que lo hagas tú”. Fue tan liberador decirlo…

Obviamente había gato encerrado: un presupuesto minúsculo. ¡Qué le vamos a hacer! Querían que lo hiciera yo. Daba igual. No tuve que vender ninguna moto ni poner mi cara de aguantar pedos. Y entonces me di cuenta de que muchas empresas se mueven en esa delgada línea por la que discurre el Síndrome del Impostor cuando se trata de innovación.

 

El Síndrome del Impostor

A ver, que no existe, que me lo he inventado yo. Pero me ha servido para explicar una sensación que he visto reflejada en los ojos de muchas empresas últimamente.

El síndrome del impostor es un conjunto de sensaciones y sentimientos que aparecen cuando te enfrentas algo de lo que no tienes ni puñetera idea y simulas tener el tema controlado. Al final, todo se concentra en un único pensamiento: “me van a pillar”. Nervios, ansiedad, miedo, rigor facial, sonrisa vacua, tics nerviosos… Hagas lo que hagas, ese pensamiento no deja de repiquetear en tu cabeza.

Muchas empresas (o directivos) lo evitan a toda cosa. No se mueven de la famosa “zona de confort”. Dicen sin parar “alianza estratégica” y se rejuntan con otros que les hacen pensar que saben más que ellos. Ep, que me parece fantástico, pero eso se contagia y pasa lo que pasa con la curiosidad y la innovación. A veces es bueno cambiar sólo por probar cosas nuevas, distintas y (a veces) equivocarse.

En mi mundo, se trata de los clientes que, frente a una idea totalmente nueva y rompedora, una locura, incluso diría una fantochada, preguntan “¿…y esto va a funcionar?”. Y tú, que has puesto un “I+D” gigante en el primer slide de tu presentación, se te queda cara de idiota y piensas para tus adentros “por eso lo llaman innovar, (palurdo) porque nadie lo ha probado antes (que sepamos). ¡¿Cómo vamos a saber si funciona o no?!”. Pero la respuesta que suele salir por tu boca es otra tipo “seguro que funciona, ¡claro que sí!, porque blabablababla…”. Mentimos. No tenemos ni puñetera idea.

Don Draper cagado

Tuve un compañero de trabajo que era programador. En esa época, internet no era lo que es ahora  y la mayoría de cosas estaba por hacer. Yo le iba cada dos por tres con alguna mamarrachada, él me contestaba con un “pues no lo sé, me lo miro”. 24 horas más tarde tenía algo parecido a una solución. Ese tipo era mi héroe. Y esa actitud hacía que confiara en él: alguna solución tendría para cualquier cosa que se me ocurriera, aunque no fuera la que yo esperaba.

 

No tengo ni puñetera idea

Decirlo es liberador, catártico, y te da patente de corso. Yo lo he incorporado a mi vocabulario habitual. Lo suelo acompañar de unos minutos de reflexión. Lo curioso es que a mis clientes no les suele importar. Dan más importancia a la visión de conjunto del problema y la solución que puedes aportar. A veces, saber demasiado de algo te cierra la mente a nuevas soluciones. Y la experiencia concreta (técnica) te la puede aportar un equipo de especialistas.

 

Una #malaidea: no salgas, emigra

Todo el mundo habla de salir de la “zona de confort”. “Todo lo interesante sucede fuera de tu zona de confort”. Mi pensamiento: ni caso. No es salir. Es emigrar, largarse, quedarse a vivir fuera y convertirla en nuestra zona de confort. Sentirse en casa ahí, con los cocodrilos. Hay que dedicarse a liarla parda, tener éxitos insospechados e integrar estos procesos en la normalidad. Tenemos que decir más a menudo “ni tengo ni puñetera idea, me lo miro”.

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