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Conectando objetos.
El internet de las cosas que (aún) no están conectadas

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Cuando mi querido Laszlito me mandó un enlace a una web de un horno me quedé a cuadros. ¿Este pasado invierno necesitaba ayuda con un cocido y ahora me mandaba referencias de hornos? ¿Qué estaba pasando? Pues que el horno en sí es el nuevo June Oven. Vedlo, impresiona. Básicamente es un horno varios sensores conectados a una CPU interna que te permiten cocinar sin tener ni pajolera idea. Casi todo se lo hace solo. Digo casi porque viene sin bracitos para darle la vuelta a las cosas. “La Thermomix de los hornos”, pensé.

El horno es bonito, una maravilla. Tiene una pantalla táctil donde ubica los botones e indicadores que van cambiando según se necesita. Eso ahorra mucho espacio en el cuadro de mandos. Una cámara interna te permite ver lo que pasa y hacer timelapses para compartirlos en tu Instagram foodie. Óbviamente está conectado. Tiene también dos sensores de temperatura para pincharlos en lo que estés cocinando y controlar también la temperatura interna.

Mis primeras reacciones siempre suelen ser catastrofistas y con algún que otro ramalazo ludista: ¿y si se cuelga? ¿Y si no admite el último OS? ¿Y si me lo hackean? ¿Dónde queda la personalidad cuando una máquina hace todo el trabajo? Pero lo interesante del invento, aparte de su obvia espectacularidad y extremo futurismo, es como han transformado un producto que podría costar $150 (por decir algo) en algo que, por $1.500, te parezca barato. Simplificando: son 3 sensores conectados y una App. Nada más. Una cámara, uno de temperatura general del horno y otro de temperatura interior del producto. Nada más. El resto, es prescindible. La unidad de proceso de imagen, las instrucciones y demás, podrían estar perfectamente en la nube y en tu móvil. Pero lo han paquetizado de tal forma que la primera cosa que te viene a la cabeza es el ya clásico “SHUT UP AND TAKE MY MONEY”.

shutup

 

Conectando lo analógico

Hay una cuestión que trasciende a todo esto y es la pervivencia de los objetos. En mi casa tengo muebles que van desde principios del XIX hasta 2014. Conviven en perfecta armonía. De hecho, mi batidora, la cual acaba de morir silenciosamente, tenía más de 15 años. La famosa obsolescencia en este caso se les olvidó. Y después está mi querida cocina. Adoro mi cocina. No quiero cambiar de horno, querría actualizar el mío. En “Eva” (Kike Maíllo, 2011) aparecía el mejor coche de todos los tiempos, un Saab 900, pero en supermoderno. A alguien se le ocurrió que el lo retro de ese Saab podía darle un punto de verdad a la historia. Jerseis de Lana, nieve, un Saab. Y robots. De golpe, ese algo tan cotidiano, lo hace todo creíble.

Al final, el eje central de toda la modernidad que se nos plantea (como promesa o como ciencia-ficción) es la conectividad, el control distribuido y ubicuo, las comunicaciones. El resto de elementos, son extras. El famoso Internet de las cosas. Y la propiedad de esas cosas. Ojos conectados a un sistema como muestra “Black Mirror” a los cuales también pueden tener acceso otros. ¿Quién podrá acceder a esos datos? ¿De quién es la TV de casa? ¿Y el microondas? ¿Qué pasa con el dichoso horno que comentábamos? Me puedo imaginar perfectamente a una señora que, saliendo de casa, recibe una alerta del horno: está encendido. Va a ver qué pasa y, en ese acto de responsabilidad, chafa una cena de 5 platos sorpresa que le estaba preparando su pareja. Tati hubiera hecho un gran retrato de esta vida ultraconectada…

 

#RegaloIdeas

En este punto, tiene que haber una forma de actualizar a esa conectividad objetos que no fueron pensados para ello. Como el Saab de Eva. Pequeños dispositivos que permitan la actualización de otros. Actualizar un horno, una nevera, un coche. Volver a conectar tu antiguo Spectrum a la tele. ¿Por qué no? Los elementos que marcan definitivamente la diferencia es la conectividad y el control a distancia. Y, eso, ya lo tenemos aquí: el internet de las cosas.

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